MOVIMIENTO MODERNO EN MEXICO

 

Este semestre viví una experiencia académica que marcó un antes y un después en mi formación como estudiante de arquitectura. La materia del Análisis Arquitectónico de la Arquitectura y el Arte no solo me brindó conocimiento, sino que me permitió ver la arquitectura desde una nueva perspectiva, mucho más profunda y emocional.

La arquitecta Jazmín transformó por completo la forma en que me acerco al análisis de la arquitectura. Desde el inicio del semestre, su enfoque didáctico nos permitió ir más allá de la teoría tradicional.

No se trataba solo de memorizar fechas, estilos o nombres; se trataba de vivir la arquitectura, de interpretarla y transmitirla. Una de las herramientas que más disfruté fue la creación de un podcast y un cómic, en los que tuvimos que investigar a fondo el Movimiento Moderno, sus características, su filosofía y su impacto tanto a nivel internacional como en México.

 

Estas dinámicas creativas no solo hicieron que el aprendizaje fuera más significativo, sino que también despertaron en mí una conexión emocional con los conceptos y personajes que antes me parecían lejanos o abstractos.

 

A través de estas actividades, comprendí que el Movimiento Moderno no es simplemente una etapa en la historia, sino una revolución en la manera de pensar y hacer arquitectura. Su esencia reside en la funcionalidad, en la sinceridad estructural, en la lógica constructiva y en la eliminación de ornamentos innecesarios. La arquitecta Jazmín nos mostró cómo reconocer estas características en obras concretas, invitándonos a leer los edificios como si fueran textos cargados de significado.

 

En el contexto mexicano, analizamos ejemplos fundamentales como el Conjunto Habitacional Presidente Alemán (CPA), diseñado por Mario Pani en 1949. Esta obra no solo responde a una necesidad habitacional posterior a la Segunda Guerra Mundial, sino que materializa ideas modernistas como la integración de vivienda, comercio y áreas verdes, inspiradas en las propuestas de la Ciudad Radiante de Le Corbusier.


Fue la Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo en San Ángel, construida por Juan O’Gorman entre 1931 y 1932. Esta obra, considerada una de las primeras manifestaciones del funcionalismo en México, se basó en los principios de Le Corbusier y fue pensada como un espacio de trabajo y vivienda. Con líneas simples, materiales industriales y sin ornamentos, O’Gorman dejó claro que la arquitectura podía ser útil, económica y honesta.


También vimos el caso del Hospital de la Raza (1954), proyectado por Enrique Yáñez. Este edificio representó la aplicación del racionalismo en la arquitectura hospitalaria, con un diseño que prioriza la funcionalidad, la higiene y la circulación eficiente. Su estructura modular y la distribución clara de sus espacios lo convierten en un ejemplo destacado del modernismo aplicado al ámbito de la salud pública.


Otro ejemplo que me impactó fue el Campus Central de Ciudad Universitaria (UNAM), inaugurado en 1952. Este conjunto arquitectónico fue desarrollado por un equipo multidisciplinario liderado por Mario Pani y Enrique del Moral, e incluye obras de arquitectos como Juan O’Gorman, Gustavo Saavedra, Pani mismo, y otros grandes nombres. Ciudad Universitaria sintetiza los valores del Movimiento Moderno: orden, funcionalidad, integración con el entorno y acceso a la educación. Además, fusiona estos principios con elementos de la identidad mexicana, como el uso de piedra volcánica y murales que representan la historia del país, en un esfuerzo por generar una arquitectura moderna pero con sentido local.

Yo conocía de vista algunas obras de Barragán, pero nunca me había detenido a pensar en lo que realmente transmiten. Jazmín nos mostró cómo Barragán se apropió del modernismo para suavizarlo. Lo transformó en algo íntimo, espiritual y profundamente mexicano.

Cuando vimos imágenes de la Casa Estudio Luis Barragán (Ciudad de México, 1948), entendí algo nuevo: que la modernidad no tenía por qué ser fría. Barragán utilizó planos simples, sí, pero los llenó de luz, color y silencio. El uso del rosa mexicano, del amarillo cálido, de muros que no solo dividen sino que conducen... todo eso era modernismo, pero con alma.

También conocimos su obra Torres de Satélite (junto con Mathias Goeritz, 1957). Esas torres abstractas y coloridas siguen siendo un ícono del paisaje urbano, como si fueran esculturas clavadas en la ciudad. Modernismo con carácter, con identidad.


nos habló de un edificio mucho más reciente: la Torre Reforma. Ahí fue cuando pensé: el modernismo no ha muerto, solo ha evolucionado.

Esta torre, ubicada en la Ciudad de México, fue diseñada por L. Benjamin Romano y finalizada en 2016. Tiene 246 metros de altura y es actualmente uno de los rascacielos más altos de América Latina. Pero más allá de su altura, lo que la hace especial es su integración del diseño moderno con una conciencia ambiental y estructural impresionante.

En 2020, Romano recibió el Premio Mies Crown Hall Americas (MCHAP) un reconocimiento internacional importante que, aunque no es el Pritzker, posicionó a la Torre Reforma como uno de los mejores ejemplos de arquitectura contemporánea. Jazmín nos aclaró que el Premio Pritzker, el galardón más prestigioso en arquitectura, aún no lo ha recibido un mexicano desde Barragán (en 1980), pero que esta torre representa un nuevo momento para la arquitectura mexicana en el mundo.

La Torre Reforma mezcla tecnología, sustentabilidad y sensibilidad urbana. Tiene una fachada que se abre como libro hacia Paseo de la Reforma, está construida para resistir sismos, y su interior es tan funcional como visualmente poderoso. Ahí entendí cómo el legado moderno sigue presente, aunque dialogando con las necesidades actuales.


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